27/09/2022

Creyentes derraman su fe en multitudinaria procesión en Ecuador tras pandemia

Oraciones, cánticos, lágrimas, esperanza y agradecimientos colmaron este viernes las calles del centro histórico de Quito durante la procesión «Jesús del Gran Poder», una de las mayores manifestaciones de la fe católica en Ecuador.

Cientos de hombres, mujeres y hasta niños caminaron por el casco colonial vistiendo la tradicional túnica morada de los cucuruchos, en la primera procesión multitudinaria tras la covid-19, permitida ahora por la bajada de los contagios y el alto nivel de vacunación.

Con el confinamiento a cuestas, durante los dos años más duros de la pandemia los creyentes recibieron las bendiciones de los sacerdotes desde helicópteros, a los que subieron también emblemáticas imágenes religiosas, que los fieles saludaron desde ventanas y balcones.

Este viernes, decenas de mujeres, con túnicas y velos morados, simulando a las Verónicas, caminaron por las estrechas calles del centro histórico de Quito, donde miles de creyentes y turistas admiraron por más de tres horas la procesión.

Allí vieron pasar a Alexandra Lucero, vestida de Verónica, cargando una imagen de Jesús del Gran Poder, y dispuesta a caminar decenas de cuadras para «acompañar a Jesús en sus momentos de dolor» y para agradecer por los «milagros» recibidos.

«Estoy aquí por fe, por gratitud y por amor», aseguró a Efe.

Madre de dos, Lucero atribuye a un «milagro» que sus hijos y ella estén vivos pues los médicos le advirtieron de que podían fallecer durante el parto por un problema de salud que padecía desde joven.

Y aunque el primero nació hace veinte años y la segunda hace trece, Lucero no para de agradecer con una fe infinita, que se acrecentó al haber pasado la pandemia sin mayores complicaciones.

«Daba mucho temor ver cómo moría la gente alrededor de nosotros y (nos preguntábamos) a qué hora nos toca, pero gracias a Dios estamos bien», dijo durante la procesión, que se repite desde 1961.

CRUCES Y FLAGELOS

Las adoquinadas y asfaltadas calles del casco colonial atestiguaron el paso de los feligreses, muchos de ellos descalzos y arrastrando cadenas atadas a los tobillos, mientras otros avanzaban flagelando su cuerpo con hierbas que enrojecían sus espaldas.

Varias bandas de música entonaban canciones religiosas abriendo el paso a los creyentes, mientras desde balcones y aceras caían pétalos de rosas, en medio de un penetrante olor a incienso.

Quienes representaban a Jesús cargaban grandes y pesadas cruces, que se turnan en llevar con otros creyentes cuando les vencía el cansancio.

Otros llevaban sobre sus desnudos hombros unos pesados troncos, y unos más lucían coronas, que simulaban tener espinas.

FE Y ESPERANZA

Las peticiones de paz, las bendiciones y la música religiosa que salían desde altavoces colocados en las aceras, se mezclaban con las voces de vendedores que promocionaban a gritos sombrillas, artículos religiosos, juguetes, comida y agua.

Ni el inclemente sol detuvo la fe en una procesión en la que los agradecimientos se mezclaban con las peticiones de milagros.

Vestido de cucurucho estaba Leonardo Armijos, con la foto de su hijo Anthoonny pegada en su túnica: «Estoy aquí por pedirle a nuestro señor Jesús del Gran Poder un milagro por mi hijo».

Hace dos meses, su único hijo experimentó problemas de habla y comenzó a perder la movilidad de las piernas y brazos, en lo que fue la antesala de una de las peores noticias que haya recibido la familia: esclerosis múltiple.

Armijos no pudo contener las lágrimas al contar a Efe que su hijo de 18 años teme ver su vida frustrada por la enfermedad degenerativa, pero confía en los tratamientos médicos, las terapias de lenguaje y la rehabilitación.

Pero, sobre todo, tiene fe de que sobre su hijo se obrará un «milagro»: «Por eso he venido aquí a caminar», dijo el hombre de cincuenta años que había dejado de participar en procesiones luego de que le operaron las rodillas.

Como él, otros feligreses pedían por salud, trabajo, paz…

Y si por cientos se contaron los protagonistas de la procesión, miles fueron los fieles que, hombro a hombro, caminaron tras la imagen de «Jesús del Gran Poder», en una demostración de fe contenida durante dos años por una pandemia, en cuyo contexto murieron más de 35.000 personas y que aún no ha terminado.